Hace justo un año pisaba Mongolia

Mongolia tiene algo de extraterrestre. Baste para corroborarlo la siguiente ecuación: tres millones de almas, para un territorio tres veces más grande que España, de los cuales un millón se concentra en la capital y otro millón sigue siendo nómada. En sus gers o yurtas soportan sin aspavientos tanto los 40 grados del pleno verano como los 40 bajo cero que se gastan sus inviernos. La globalización extiende sus tentáculos desde Ulán Bator hasta las estepas. El mongol se escribe en cirílico desde sus años prosoviéticos. Hay más caballos que hombres. De los lugares más genuinos y desconcertantes que he conocido. Os dejo algunas fotos, así como el reportaje que publiqué hace unos meses en la revista VIAJAR.

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La vida secreta de las palabras (I): el periplo de “Boycott” desde Irlanda hasta Israel

Boicot a Israel

El capitán inglés Charles Cunningham Boycott debía ser tal pájaro que, a finales del XIX, los jornaleros de la finca que administraba en Irlanda se negaron a trabajar para él. En solidaridad con los campesinos, que pretendían que les redujera el arrendamiento en un año de pésima cosecha, también los comerciantes de la zona dejaron de despacharle comida, y hasta el cartero no volvió a llevarle cartas. Acabo de conocer el origen de la palabra “boicot” mientras buscaba la lista de productos que no voy a volver a comprar.

 

Porque, amén de horrorizarnos con lo que está ocurriendo en Palestina, también podemos aportar nuestro granito de arena negándonos a contribuir a la economía del pájaro en cuestión (no es el único, ya, pero sí uno de los que depende en mayor medida que este pedazo de la llamada Tierra Santa deje de ser el avispero del mundo).

 

El boicot a los productos británicos que lideró Gandhi en la India colonial acabó funcionando. También el que la comunidad internacional impuso a Suráfrica por sus políticas racistas en los días del apartheid, y hasta les sirvió a los jornaleros irlandeses del tal Boycott. Cualquiera que quiera sumarse al boicot económico a Israel puede consultar aquí qué dejar de consumir. Somos simples mortales con poca capacidad de acción, pero si a nivel global todos los amantes de la paz tomáramos conciencia de esta herramienta que sí está en nuestra mano, algún día, quizá, algunas cosas podrían empezar a cambiar.

 

Tanto dentro como fuera de Israel hay muchos judíos –sí, también existen– tan escandalizados con lo que está ocurriendo como cualquier gentil de bien. Ellos mismos son partidarios del boicot para obligar al gobierno israelí a trabajar por una solución real y justa. Porque, como me escribía hace unos días mi amigo Ashraf El Sebaie, cirujano egipcio que desde hace ya mucho dedica varios meses al año a operar a los palestinos de la Franja que lo necesitan: “no hace falta ser musulmán para defender a la gente de Gaza, sólo hace falta ser humano”.

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Como decía, son muchos los judíos decentísimos y valientes que repudian la política de Israel públicamente. Si no estáis al corriente, investigad un poco sobre el movimiento “No en nuestro nombre”, creado por judíos que denuncian los abusos israelíes y, entre otras acciones, acostumbran a manifestarse en los colaboradores Estados Unidos portando pancartas y camisetas en las que se lee ‘Soy judío y quiero que Israel deje de matar palestinos’ y mensajes en esta línea. 800px-Not_in_our_name_Jews_Oppose_Israels_Wars-580x435

 

Al hilo del arranque de este post, la campaña internacional BDS, Boicot, Desinversiones y Sanciones, lleva años alentando un boicot a Israel en lo cultural, político, académico, deportivo y también en lo económico. A él se fueron adhiriendo personajes de la talla del adalid de los Derechos Humanos y víctima de los campos de concentración Stéphane Hessel o los como él premios Nobel José Saramago y Desmond Tutu, el intachable escritor Eduardo Galeano, el físico Stephen Hawking o Naomi Klein, quien cuenta en este artículo cómo hacerlo sin cortar el diálogo con Palestina. Por cierto, Naomi Klein es una periodista e investigadora canadiense… de origen judío.