Ni mandingas ni domingas, QUI-RIM-BAS

Como dice mi amigo Pedro Madera, atrévete a contarle a alguien que te vas a las Quirimbas a ver qué cara te pone. Este divertidísimo periodista fue el único que hace unas semanas, cuando le avisé de que me iba para allá, no me soltó algo del corte: “las Domingas, ¿y eso por dónde xxxx queda?

Cuando mis hermanas y yo enfadábamos de pequeñas a nuestra madre, ella, por no decir palabrotas, amenazaba con mandarnos a Pernambuco. Incluso nos mandó más de una vez (en sentido figurado, se entiende) a Fernando Poo, pero ni en sus peores rabietas se le ocurrió facturarnos rumbo a las Quirimbas. Bien podría haberlo hecho de saber que existían porque, al igual que las anteriores, no son geografías de ficción sino reales como la vida misma. Si la primera se encuentra en Brasil y la segunda en Guinea Ecuatorial, las Quirimbas afloran en la costa norte de Mozambique como una treintena de islitas que algunos venden como el Zanzíbar del siglo XXI.

Visto que el siglo no ha hecho más que empezar, lo mismo acaba siendo cierto que de aquí a un tiempo este archipiélago del océano Índico logra alcanzar el renombre de Zanzíbar, a la que ciertamente se da un aire y con la que comparte vínculos históricos ya que ambas, junto con escenarios tan embrujadores como la keniana isla de Lamu, formaron parte de la llamada “costa swahili”. En ella, mucho antes de que los portugueses diseminaran su huella, los bantús llevaban siglos mezclándose con los árabes. Impulsados por los vientos del monzón, éstos asomaban sin falta por las costas de África con sus dhows cargados de inciensos y tejidos preciosos y, meses después, cuando el viento rolaba, desplegaban velas y se volvían para casa con las bodegas de sus barcos a rebosar de oro, pieles, marfil y esclavos. Y dejando de paso un reguero de niños de bellísimos rasgos mestizos.

Pequeño dhow, una embarcación de vela triangular muy frecuente por la costa Este de África

Pequeño dhow, una embarcación de vela triangular muy frecuente por la costa Este de África

Sí, lo mismo en unos años las Quirimbas se convierten en el nuevo Zanzíbar. No sería de extrañar dado el potencial del lugar y, también, gracias a la descomunal reserva de gas que se ha descubierto no muy lejos. Ésta, que está haciendo que las grandes empresas ya estén afilando sus garras y tomando posiciones en Mozambique, debería proporcionarle a este paupérrimo país inmensas y ojalá que bien repartidas riquezas capaces de contribuir a su desarrollo social, y también turístico. Lo cierto de momento es que este remoto archipiélago sigue siendo un lugar bastante poco visitado al que, sin demasiado término medio posible, viajar de mochilero o en plan lujo salvaje.

Matemo Resort en las Quirimbas

Matemo Resort en las Quirimbas

Cena lista en la playa de Vamizi Private Island

Cena lista en la playa de Vamizi Private Island

Hace alrededor de una década el multimillonario dubaití Adel Aujan se aventuró a invertir por esta esquina olvidada del mundo. Hoy es dueño y señor del Matemo Resort y el Medjumbe Private Island, dos escondites de postal accesibles únicamente a bolsillos sin fisuras. Más caros todavía, los competidores que le han surgido en las islas privadas de Quilalea y Vamizi. En esta última dicen las malas lenguas que el 007 Daniel Craig dejó un pedazo de su corazón.

En el extremo opuesto al hedonismo de este puñado de resorts, algunas aldeas de islas tan genuinamente africanas como Matemo han levantado unas cabañas, casi tan espartanas como las de los nativos, en las que albergar a los pocos que se animan a quedarse unos días con ellos por estos pueblitos de arena de mar y casitas de paja y piedra de coral. En este universo isleño las mujeres cocinan a la fresca en los patios de las chozas, las jóvenes deambulan envueltas en velos con la cara embadurnada de mussiro para protegerse del sol, los chavales echan la tarde bajo los palmerales y el que tiene una bici –¡no digamos ya una moto!– se mueve con el orgullo de saberse “capitán general”. La tierra casi no da nada. Aquí se vive sobre todo de la pesca tradicional, de los cocos que surten sus bosques de palmeras, de algo de agricultura de subsistencia y de algún que otro rebaño.

Una de las aldeas de la isla de Matemo

Una de las aldeas de la isla de Matemo

Las mujeres se embadurnan la cara con mussiro, una pasta extraída de un árbol, para protegerse del sol y estar más guapas si cabe.

Las mujeres se embadurnan la cara con mussiro para protegerse del sol y estar más guapas si cabe.

El contrapunto urbano a sus aldeas aparece en la imprescindible isla de Ibo, un adormilado entramado de callejas salpicado de caserones coloniales medio en ruinas o en ruina declarada. Por él va apareciendo también el más humilde de los mercados, una fortaleza de los tiempos de los portugueses en la que sus orfebres intentan mantener a flote una tradición de siglos, y una discreta comunidad de expatriados que se ha refugiado aquí del mundo y que en su mayoría regenta los coquetos hotelitos y restaurantes que empiezan a abrir en las casas que se van restaurando. Estas apetecibles y todavía no muy numerosas pensiones o bed & breakfast en el meollo de Ibo –el Cinco Portas, el Panela Africana…– serían el único término medio entre las cabañas de las aldeas y los resorts de lujo.

Del puerto comercial por el que batallaron árabes, portugueses y holandeses sólo quedan los fantasmas. El lugar sin embargo tiene un encanto infinito, y también mucha carestía. Contra ella están intentando luchar desde la Fundación Ibo, de la que hablaré en detalle en otra ocasión. Cuando pueda volver con más tiempo a las Quirimbas intentaré recorrerlas a bordo de alguno de los sencillísimos dhows que permiten viajar por ellas de forma no muy distinta a siglos atrás, en los días en los que los velámenes de los mercaderes árabes ondeaban por el horizonte de las costas de África arrastrados por el viento del kaskazi, y no volvían a levar anclas hasta que el soplo del kuzi los devolvía a su hogar del otro lado del Índico.

El puerto de Ibo desde la fortaleza

Puerto de Ibo desde la fortaleza

Iglesia de Sao Joao en la isla de Ibo

Iglesia de Sao Joao en Ibo

Calles de la isla de Ibo

Calles de la isla de Ibo

 

 

 

7 comentarios


  • El dhow es la embarcación más evocadora e inspiradora que pueda existir. No hay nada como verla volver a puerto con la explosión del naranja africano de la puesta de sol sobre el Índico dibujándole la alfombra hacia casa. Hay que hacer esa ruta! Nataka moja dhow, Tafadhali!
    Genial artículo.

    febrero 03, 2013
  • Es maravilloso leerte sin “correcciones” ni “adjetivos adicionales” 😉 Qué ganas de ir a las Quirimbas!

    febrero 03, 2013
  • Santiaguito

    Por aquí también hay muchas ganas de ir….a mí me encantaría perderme con mi chica una temporada en estas islas,donde parece que el tiempo tiene otra dimensión. A lo mejor se lo propongo….Claro que tendríamos que ser tres,porque la guitarra iría en el lote… bonito artículo.

    marzo 09, 2013
  • Santiaguito, si tu chica no te dice con los ojos cerrados que sí, búscate otra!!!

    marzo 09, 2013
  • Haha. I woke up down today. You’ve cehered me up!

    marzo 24, 2013

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